Cómo enseñar a obedecer a los niños

La obediencia en la formación del carácter

Por: Andrés Barba, Agea, Asociación de Grupos de Estudio de Actualidad | Fuente: Catholic.net

Conseguir que nuestros hijos y alumnos sean disciplinados y obedientes ha sido siempre un punto central en toda labor educativa. Hoy en día, por una serie de circunstancias, es una tarea difícil, incluso podríamos decir que, en determinadas situaciones se aprecia más que hijos obedientes, padres obedientes a las sugerencias y caprichos de los hijos.

Todos sabemos hasta qué punto un niño o adolescente puede “tiranizar” y desajustar la convivencia familiar aunque paradójicamente difícilmente un niño – incluso un adulto – que haga lo que quiera puede sentirse feliz y sereno. Los niños y los adolescentes, por su propia seguridad puesto que no poseen la experiencia y sabiduría necesarias, deben sentir que sus padres son los que mandan.Si echamos una ojeada al mundo actual en determinados ambientes parece que el empeño de muchos es poner el acento en la necesidad de libertad de los niños y adolescentes. Tal necesidad es algo en sí mismo incuestionable, puesto que sin libertad no puede desarrollarse una persona, ni mucho menos alcanzar su madurez.

Sin embargo, se hace patente que de tanto querer “liberar” a los hijos de la “opresión” de sus padres, se ha llegado a la situación contraria: un abuso de libertad que roza los límites del libertinaje. Se les deja hacer lo que quieren ” lo que les apetece”, y todo aquello que se oponga a los deseos espontáneos de los niños – léase normas de la sociedad, autoridad paterna, etc.-. es tachado incluso por la literatura del momento o las películas de las series que tanto les gusta como “condicionamiento asfixiante” o “Represión autoritaria”.

A fuerza de centrarse en este aspecto, se ha descuidado otro no menos importante de la educación que es la necesidad de seguridad, sobre todo en periodos claves del desarrollo como son la infancia y la adolescencia. En efecto, es un noble empeño querer la libertad de los hijos, pero hay que darse cuenta que le es indispensable un mando, unas reglas fijas, una obediencia porque también necesitan sentirse seguros frente al medio ambiente que les envuelve.

Por otro lado, nuestros hijos estarían haciendo un triste uso de su libertad si no se dieran cuenta que junto a la suya propia se encuentran las libertades de los demás, padres, hermanos, amigos, profesores, etc…merecedoras también del mayor respeto.

Los niños y los adolescentes, por su propia seguridad puesto que no poseen la experiencia y sabiduría necesarias, deben sentir que sus padres son los que mandan.

Por eso, hablar hoy de obediencia en determinados ambientes resulta chocante, incluso inútil, o inadecuado para la educación actual.

La razón es sencilla y responde a una filosofía equivocada. 

Hace pocas generaciones a los niños no se les otorgaba la libertad de expresarse y de mostrar su individualidad, lo que respondía a modelos de educación autoritaria, a los niños no se les permitía compartir el mundo adulto en la misma medida que ahora lo hacen.

Más tarde, patrocinado por el americano Benjamín Spock se pasó al otro extremo, comenzó una etapa en la educación que tenía como panacea la permisividad, basándose – influidos por las teorías psicoanalíticas – en que a los niños no debían inhibírseles por las frustraciones y traumas que podrían sufrir, así se pasó a “laissez faire” excesivamente idealista malentendiendo la libertad e independencia y que llena las consultas psicológicas de niños inseguros y con baja autoestima.

El propio Benjamín Spok reconoció que el aumento de la delincuencia en Estados Unidos se debe a la falta del ejercicio de la autoridad por parte de los padres.

La necesidad de autoridad está pues más que comprobada. Transigir en este terreno es hacer un flaco servicio a la formación de nuestros hijos, tampoco resulta eficaz repetir machaconamente “en nuestros tiempos era distinto”. La transigencia pone a los chicos en una situación difícil y desorientada, se sienten como flotando, se puede transigir en etapas avanzadas de la educación, cuando apreciamos que se es capaz de funcionar bastante bien solo.

Entretanto, las órdenes deben ser cumplidas, lo mismo que el padre obedece a su jefe en la oficina y la madre – si no trabaja fuera de casa – hace las tareas del hogar aunque no tenga ganas.

Es verdad que los tiempos han cambiado, las circunstancias familiares también y la sociedad a la que se están enfrentando nuestros hijos no digamos. Por tanto creo que se impone una nueva reflexión sobre qué es la obediencia y cómo adaptarla a nuestros días.

En mi opinión creo que deberíamos distinguir tres tipos de obediencia:

– Obediencia refleja: Simple ejecución exterior de una orden: !Firmes¡ en el contexto militar, o cuando le decimos a nuetro hijo !Siéntate¡. No interviene casi la voluntad, es simplemente un acto reflejo.

– Obediencia voluntaria: Presupone un cierto interés por parte del sujeto, e intervención del razonamiento, aunque supone simplemente la ejecución de una orden. Por ejemplo cuando mandamos a un hijo que recoja la mesa, o que lleve un recado a la abuelita.

– Además, creo que debemos distinguir otro aspecto de la obediencia que es la obediencia reflexiva. Esta supone sumisión del propio juicio, que no se hace por temor al castigo sino que el sujeto actúa por convencimiento y lealtad.

Esta es la auténtica y deseable obediencia porque se trata de “aceptar, asumiendo como decisiones propias las de quien tiene y ejerce la autoridad, con tal de que no se opongan a la justicia”.

Por ejemplo, si decimos a nuestro hijo que debe llegar el viernes a las 11 de la noche, él lógicamente no estará de acuerdo, pero asume esa orden porque se somete a la autoridad de sus padres, es más procurará arreglárselas para estar en casa con puntualidad y si alguna vez transgrede la norma pedirá disculpas, llamará por teléfono si se retrasa diez minutos, etc.

Otro ejemplo menos transcendente: si le mandamos ordenar su cuarto no sólo lo hará, sino que pensará la mejor forma de hacerlo. Este es el tipo de obediencia que debemos fomentar.

Otra cuestión que debemos tener en cuenta al educar a nuestro hijo es que no se trata de que sea obediente porque sí, que haga lo que le decimos porque yo lo mando. La obediencia no es un fin en sí misma sino un medio para alcanzar un fin que es la formación de su propia personalidad, de su carácter, la obediencia es una virtud y como todas las virtudes son medios para alcanzar metas superiores. Al educar en la obediencia educamos el tan deseado autocontrol, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el saber mandar, la responsabilidad, etc.

Podríamos preguntarnos ¿Cómo?

¿Qué tiene que ver la obediencia con el autocontrol? Nuestros hijos serán y deben ser cada vez más autónomos, más libres, ello implica que sepan discernir qué cosas les ayudan a crecer como personas y qué otras no – labor fundamental de la formación de la conciencia – pero difícilmente seguirán los dictados de su conciencia si no han sido disciplinados en la obediencia, se dejarán llevar fácilmente por los múltiples estímulos que hoy les ofrece la calle.

Influirá también en su sentido de la responsabilidad, tanto en su estudio como en sus obligaciones familiares y sociales, no hay responsabilidad si no se ha aprendido a obedecer. También favorece la humildad, el soberbio está incapacitado para obedecer y es tiránico a la hora de mandar por la exaltación de su propio yo, difícilmente se someterá a la autoridad, para saber mandar hay que saber obedecer. Y así el resto de las virtudes humanas que se encuentran como en un racimo de uvas, cuando tiramos de una vienen detrás las demás.

Buscar el mejor momento para enseñar a obedecer a los niños

Para que el niño aprenda de veras a obedecer, hemos de ejercer bien nuestra autoridad. Esto significa que, además de buscar el momento oportuno para las exigencias (nunca mientras que está viendo los dibujos animados, por ejemplo), tendremos también que asegurarnos de que cumple a la primera.

Obedecer a última hora, con mala cara y después de recordárselo más de veinte veces no es obedecer, sino doblegarse. Para lograr que nuestro hijo se habitúe a responder con diligencia, hemos de mostrar interés en lo que le pedimos y, si no responde, obligarle en ese momento a cumplir.

Exigencia con razonamiento

Por último, hemos de procurar que nuestra exigencia vaya exenta de amenazas o premios extraordinarios. Debemos lograr que el niño obedezca porque sepa que es bueno. Si recurrimos a prometer algo agradable, no debe ser demasiado excepcional y, en cualquier caso, haremos énfasis en lo feliz que nos hace verle obedecer y los beneficios que tendrá su esfuerzo para él mismo.

En un principio, el niño reconoce de forma intuitiva la autoridad de los padres, pero a partir de los cinco años, la exigencia directa debe combinarse con el razonamiento, de tal forma que cumpla porque vea que es bueno cumplir.

Algunos trucos para enseñar a los niños a obedecer

– No permitas evite las órdenes inventándose excusas. Al final terminaría por adquirir el hábito de esquivar con este método sus propias responsabilidades en casa.

– Procura no mandar al niño varias cosas a la vez. Sobre todo en esta etapa es mejor que nuestras exigencias sean pocas y muy claras.

– No permitas que intente delegar en otro hermano, todo aquello que le hayamos mandado.Los niños suelen desarrollar pronto cierta picardía.

– No repitas muchas veces la orden, pues cada vez tardarán más en obedecer. En algunas ocasiones, la crisis de obediencia es, en realidad, crisis de autoridad de los padres.

– No pidas lo que sabes que no serán capaces de llevar a cabo. Lo único que estaríamos consiguiendo es “desgastar” inútilmente nuestra autoridad.

– Cada vez que obedezca no escatimes en alabanzas o halagos. Es mejor que le premiemos de este modo que con beneficios o pequeños regalos.

– Se concreto en lo que pides, asegurándote de que sabe lo que tiene que hacer y por qué. Deben ser cosas que podamos comprobar fácilmente si las ha cumplido o no.

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